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Repensar la Educación

Santiago Gerchunoff Silberberg

ucm

El estatuto de la crítica III: el silencio como esencia del don

¿Por qué los grandes deportistas recurren siempre a lugares  comunes y vacíos para hablar sobre lo que hacen, sobre lo que hicieron? ¿Por qué a pesar de saber perfectamente esto, de haberlo comprobado miles de veces, los periodistas les siguen y les siguen preguntando y los espectadores estamos tan atentos a cada una de sus declaraciones? ¿Por qué sus ridículas biografías, (del tipo “Cómo me hice número uno” o “Mi lucha para llegar a la cima”) se siguen editando y vendiendo?

Estos, más o menos, son los misterios a los que intenta hacer frente David Foster Wallace en su genial reseña-ensayo Cómo Tracy Austin me rompió el corazón sobre la autobiografía (Beyond the center court) de una gran tenista norteamericana de los años 70′.

Lo interesante es que Wallace no adopta la posición del típico intelectual despreciador del deporte como espectáculo popular; no parte de la base de que los deportistas son idiotas perdidos y los aficionados  que los siguen, una inútil masa de alienados. El propio Wallace estuvo cerca de convertirse en tenista profesional en su juventud y considera verdaderos genios a muchos deportistas famosos.

“Los grandes atletas son la profundidad en movimiento. Permiten que abstracciones como “poder” y “elegancia” y “control” no solamente se hagan carne, sino también carne de televisión. Ser un atleta de élite en acción es ser ese híbrido exquisito de animal y ángel que los espectadores medios y no hermosos nunca conseguimos ver en nosotros mismos.”

Lo cual no quita, que cuando hablan, o cuando escriben sobre sus jugadas, o sobre su formación, estos genios parezcan idiotas y no sean capaces de revelarnos nada  sobre lo que han hecho. El libro de Austin es malísimo, eso es lo que en primer lugar muestra la reseña de Wallace; no da nada de lo que promete y está plagado de lugares comunes y vacíos.

“Esto es lo que dice Beyond Center Court sobre el primer set de su final contra Chirs Evert en el Open de Estados Unidos de 1979: “Con 2-3 en el marcador, le rompí el servicio a Chris, luego ella me lo rompió a mí, yo se lo volví a romper, así que íbamos 4-4”

Y sobre su epifanía después de ganar aquella final: “Inmediatamente supe lo que había hecho, que era ganar el Open de Estados Unidos, y me sentí emocionada”

Tracy Austin sobre los rigores psicológicos de la competición profesional: “Todos los atletas profesionales tienen que estar muy bien preparados mentalmente”

Tracy Austin sobre Martina Navratilova: “Es una persona maravillosa, muy sensible y cariñosa”

Sobre Brooke Shields: “Era muy dulce y brillante y no me costó nada hablar con ella desde el principio”

Tracy Austin medita sobre la excelencia: “Hay un pequeño extra que algunos estamos dispuestos a dar y otros no. ¿Por qué será? Yo creo que es el desafío de ser el mejor”

Y así sucesivamente. Pero este lenguaje inane, asfixiantemente denotativo,  tautológico, insignificante, idiota, mudo en definitiva, no es patrimonio exclusivo de Tracy Austin. Atendiendo a nuestras propias experiencias locales con futbolistas (Raúl), tenistas (Nadal), ciclistas (Indurain), por decir algo, podemos acordar con Foster en una mirada más general al tema:

“…los grandes atletas suelen resultar pasmosamente incapaces de hablar sobre esas cualidades y experiencias que constituyen lo fascinante de sí mismos…”

Lo cual no quita a su vez, que nosotros, el público, no tengamos nunca suficiente, no nos resignemos y compremos sus biografías y sigamos con absurda atención sus previsibles y ñoñas entrevistas.

En el final de su reseña, Wallace se aproxima a una respuesta sintética a las dos grandes preguntas que ha ido desarrolando (por qué su pasmosa incapacidad y por qué nuestro insistente interés)

“…el empezar a abordar las diferencias de comunicabilidad entre pensar y hacer y entre hacer y ser, puede dar la clave de por qué las autobiografías de deportistas de élite resultan al mismo tiempo tan seductoras y tan decepcionantes para los que las leemos. Como suele suceder con la verdad, hay una cruel paradoja de por medio. Es posible que los espectadores, que no gozamos de un don divino para el deporte, seamos los únicos capaces de ver, articular y animar la experiencia de ese don que nos está negado. Y que aquellos que reciben y ejecutan el don de la genialidad atlética deban por fuerza ser ciegos y mudos acerca del mismo: y no porque la ceguera y el mutismo sean el precio que pagar por el don, sino porque son su esencia.”

Y  ¿qué tiene que ver todo esto con nuestra indagación sobre el estatuto de la crítica?

No lo tengo del todo claro ahora mismo (por algo esto es un blog…).

Pero sí veo ya que de un lado tenemos a tres señores mirando hacia arriba, admirados y consternados a la vez, Marcel Reich-Raniki, Sócrates y David Foster Wallace;

y del otro lado (o quizás habría que decir, “más arriba”) tenemos a tres seres leves, alados, geniales, idiotas, ciegos, mudos y hermosos: Anne Seghers, Ión y Tracy Austin.

¿Entonces?

Un intento de ordenar la cuestión, en el próximo capítulo…

[todas las citas sacadas de Cómo Tracy Austin me rompió el corazón, David Foster Wallace en Hablemos de langostas, ed. Debolsillo, Barcelona, 2009, pp. 179-195, traducción de J avier Calvo, subrayados míos]



escrito el 13 de octubre de 2010 por en General


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