Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Santiago Gerchunoff Silberberg

ucm

Contra la habilidad

Casi todos los escritores, en algún texto, novela, cuento, poema, entrevista, artículo, hacen un intento por definir la literatura, por enfrentarse a la pregunta ¿qué es la literatura?. Pregunta que quizás nadie les ha hecho directamente, pero que no deja de rebotar en sus entrañas mientras trabajan. Es posible que esta costumbre venga de una necesidad de consistencia en el medio de una labor muchas veces dispersa, incoherente, inasible y que brinda resultados increíblemente dispares que nos empeñamos sin embargo en nombrar con una misma palabra: literatura.

Roberto Bolaño dijo una vez que

“La literatura se parece mucho a la pelea de los samuráis, pero un samurái no pelea contra otro samurái: pelea contra un monstruo. Generalmente sabe, además, que va a ser derrotado. Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura”

Odio las definiciones edificantes, propagandísticas, pedagógicas, utilitarias de la literatura que la presentan como algo provechoso a nivel personal y también social. La magia de viajar sin moverse o de vivir otras vidas o cosas por el estilo. Casi como si hablaramos de una terapia. Me fascinan en cambio, las definiciones malditas, como la de Bolaño, que presentan a la literatura como un destino trágico y oscuro, como una especie de vicio virtuoso, tan difícil como inútil e interminable.

La dificultad y la ceguera, la falta de pistas y referencias son características siempre resaltadas en este tipo de definiciones. En el fondo lo que hacen estas definiciones es distinguir la literatura del “oficio” de escribir. Separar  al artista del artesano. En un libro de artículos que se acaba de publicar,  el gran novelista español Rafael Chirbes dice:

“…la narrativa es un arte tan lábil como pueda serlo el sentido de las palabras con las que se construye; que no brinda seguridades, ni siquiera en eso que, en otros oficios, se llama capacitación profesional: el carpintero se siente más capaz, mejor dotado después de hacer una mesa; sin embargo, el novelista se encuentra ante cada obra tan desprotegido como el jugador de ruleta que, en cada tirada, vuelve a empezar de cero. La literatura no surge por acumulación de esfuerzos, aunque el esfuerzo sea imprescindible: uno puede adquirir desenvoltura, eso que llaman oficio, habilidades que más bien lastrarán las alas de una nueva novela. Los hallazgos que le sirvieron para la obra anterior se convierten en lastres de los que debe librarse a la hora de escribir la siguiente.”

Pero una de los textos más hermosos que leí en esta línea “maldita” es un artículo del escritor argentino Fabián Casas titulado “La Voz extraña”.  En este texto extraordinario  la falta de habilidad, la incomodidad, la ausencia de pistas, la falta de oficio, la incertidumbre, son señaladas como marcas no sólo ya de la verdadera literatura, sino de la verdadera vida. Vale la pena leerlo entero. Pero no me puedo resistir a citar tres párrafos en los que Casas vuela alto:

“Uno nace e inmediatamente es arrullado o conmovido por la voz de nuestros mayores, por la voz cansada de los locutores de tv y la voz matutina de nuestros maestros. Pero, paralelo a estos sonidos, se engendra otro tipo de diálogo. Hay alguien hablándonos desde los comienzos de los tiempos, pero pocas veces intercepta nuestros destinos. Cuando eso sucede, el mundo se convierte en un lugar oscuro y peligroso, donde también está la salvación.

A esto, que voy a llamar la Voz Extraña, no se lo puede definir, pero se lo reconoce. Tiene las características de la poesía. Y a veces se la puede aislar del cuchicheo incesante de nuestro ego. Desde que nos levantamos hasta que nos dormimos, la máquina se pone en marcha y se activa nuestro diálogo interno. Ese diálogo construye el mundo en el que vivimos. Nos dice quienes somos, qué cosas tenemos que conseguir y trata de que lo sigamos al pie de la letra. Quiere que seamos lo que todos esperan que seamos, y que nos reproduzcamos y listo. Una vez conseguido esto, nos abandona con las cuentas impagas y el matrimonio en el horno. Es la Voluntad ciega que está acá sólo para seguir estando y nos hace muy desdichados. Nos hace esclavos.

Cuando escribo algo, tengo como mínimo dos sensaciones: una, que es algo escrito por mí, que me satisface y me representa. Tengo, después un largo tiempo haciéndolo, cierto oficio. Cualquiera adquiere una habilidad si se empecina en eso. El periodismo, por ejemplo, es puro oficio. Pero resulta que uno siente que el escritor debe ir siempre en contra de su habilidad. De manera que esos textos que parecen tan redondos y buenos son en realidad falsos amigos. Así que los dejo de lado o los intervengo hasta que escapan a mi control y empiezan a drenar la voz extraña. Entonces los relatos o los poemas me empiezan a dar verguenza ajena, incertidumbre y todas esas sensaciones con las que es mas difícil convivir. Ahí sé que —mas allá de los logros— estoy, como quería Kerouac, en el camino.”

El escritor debe ir siempre en contra de su habilidad.  Hermoso.

¿Qué querrá decir exactamente?

Que no hay “exactamente”, supongo.





escrito el 17 de Febrero de 2010 por en General


2 Comentarios en Contra la habilidad

  1. Mª Dolores | 17-02-2010 a las 16:23 | Denunciar Comentario
    1

    Me han conmovido todas estas definiciones “malditas” de la literatura, y sin embargo, una pregunta, Santiago, ¿no crees que servirían para todas las “artes” por igual?

  2. sangerchu | 17-02-2010 a las 17:36 | Denunciar Comentario
    2

    Sí, servirían para todas las artes por igual…o incluso para la vida en general. Pero ahí se haría aún más engimática la idea de ir contra nuestra propia habilidad. Pero además de conmovedor, hay algo de presuntuoso en estas definiciones adoradoras de la “dificultad”. Quizás pueda desarrollar este otro punto de vista en un próximo post.

1 Enlace externo en Contra la habilidad

  1. 1

    […] texto de Chirbes que citábamos es clarísimo en este sentido. Ahí se compara el trabajo del novelista con el del carpintero, para […]

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