Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Santiago Gerchunoff Silberberg

ucm

Con la cabeza en el premio

Felices fiestas.

Tengo un amigo que no tiene necesidad de trabajar. Y no trabaja. Digamos que ha tenido algo de suerte, que ha sabido jugar bien sus cartas y ahora no se dedica a nada en particular, sino a lo que le va apteciendo a cada momento. Viaja, lee, duerme. Es, propiamente, un ocioso. Hace unos días, junto con otro amigo (trabajador como yo), mientras nos emborrachábamos, intentábamos amargarle un poco la existencia a nuestro amigo “el ocioso” dándole la charla. Pretendíamos demostrar la vieja cantinela de que el trabajo, la actividad, la faena, dan orden y sentido a la vida, y que una vida dedicada al ocio es un camino indirecto pero seguro a la angustia y a la nada. “El ocioso”  escuchó amablemente nuestros argumentos y no se preocupó demasiado por rebatirlos. Supongo que por la pena que le dábamos o quizás por la pereza intrínseca  a su naturaleza.

Playa DesiertaEn la resaca más o menos intensa que todos vivimos estos días, yo seguí dándole vueltas al asunto. Si pudiera, si no tuviera necesidad alguna de trabajar ¿lo haría acaso para dar sentido a mi vida? ¿cuántas personas son verdaderamente capaces de dedicarse a nada? ¿son virtuosas o están enfermas? ¿por qué deseo con tanta fuerza que se acaben estas malditas fiestas y volver al trabajo cuanto antes?

Busqué en Séneca y me encontré con el manido punto medio.

“Así, pues, deberás grabar en tu mente esta máxima que leí en Pomponio: “Algunos hasta tal punto se refugian en la oscuridad que consideran confuso cuanto es luminoso”. Han de combinarse entre sí ambos extremos: debe obrar el que está ocioso y reposar el que obra. Consulta con la naturaleza: ella te indicará que tanto el día como la noche son obra suya.”   (Epístolas morales a Lucilio, libro I, epíst. 3, ed. Gredos)

Una respuesta oracular que no terminamos de entender bien, pero que nos deja tranquilos a los trabajadores, porque nos hace sentir tipos equilibrados; al fin y al cabo algunos días de vacaciones tenemos…

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Pero encontré la luz, la inquietante luz, una vez más, en la autoayuda terrorista, desequilibrada de Mr.Stevenson. Un alma gemela de mi amigo “el ocioso”. Aprendan (si pueden) trabajadores, la profunda, difícil sabiduría del ocioso: no importa qué hagamos o cuánto hagamos, lo único que importa es no tener  la cabeza en el premio…

“Estar extremadamente ocupado, ya sea en la escuela o en la universidad, ya en la iglesia o en el mercado, es un síntoma de deficiencia de vitalidad; una facilidad para mantenerse ocioso implica un variado apetito y un fuerte sentido de la identidad personal. Existe una suerte de muertos en vida, de gentes grises, apenas conscientes de estar viviendo de no ser por el ejercicio de alguna ocupación convencional. Dejad a estos hombres en medio del campo o subidlos a bordo de un barco y veréis cómo añoran su escritorio y su despacho. Carecen de curiosidad. No saben abandonarse a las provocaciones del azar; no obtienen placer en el mero ejercicio de sus facultades y, a menos que la Necesidad les muela a palos, permanecerán donde ya estén. Es inútil hablar con gente así: jamás podrán estar ociosos, su naturaleza no es lo suficientemente generosa; y así, cuando no se dedican a moler grano furiosamente en el molino dorado, pasan sus horas en una especie de coma. Cuando no han de ir a la oficina, cuando no están ni furiosos ni pensando en la bebida, todo este palpitante mundo para ellos está vacío.  Si han de esperar un tren durante una hora o más, caen en un estúpido trance con los ojos en blanco. Al mirarlos, podríais suponer que no hay nada que ver y nadie con quien hablar, podríais imaginar que están paralizados o alienados; y es muy posible que sean, a su manera, buenos trabajadores y que tengan buen ojo para detectar un fallo de escritura o una fluctuación del mercado. Han estado en el colegio y la universidad, pero constantemente tienen la cabeza en el premio, han viajado por medio mundo y se han mezclado con personas inteligentes, pero no paran de pensar todo el tiempo en su propios asuntos. Como si el alma de un hombre no fuera ya suficientemente pequeña, empeñecen y estrechan las suyas todavía más con una vida de trabajo y sin diversión. Hasta que, helos aquí, a los cuarenta, con una ausencia de interés, una mente vacía de todo elemento de diversión y ni la más mínima intención de rozarse con nadie mientras esperan el tren. Antes de comenzar a usar pantalones, hubieran escalado por los vagones; a los veinte, hubieran mirado a las chicas; pero ahora, la pipa está consumida, la caja de rapé vacía, y mi caballero está sentado, hierático, en un banco, con una mirada penosa. No me parece a mí que a eso se lo pueda considerar un Éxito en la vida”  (En defensa de los ociosos, ed. Gadir, 2009)



escrito el 4 de enero de 2010 por en General


1 Comentario en Con la cabeza en el premio

  1. Ana López Santos | 05-01-2010 a las 11:38 | Denunciar Comentario
    1

    ¡¡Qué duro el texto de Stevenson, he decubierto que yo soy de esas!!
    Gracias, Santiago.

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