Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Santiago Gerchunoff Silberberg

ucm

Infancia y adjetivo: el caso Kristof

20080215-agota kristof castLa primero que llama la atención cuando uno lee a Agota Kristof, es que no use adjetivos. Fobia a los adjetivos, muerte a los adjetivos. Una escritura seca de veras. Y se ve ya que yo no soy Kristof, en cuanto tengo que expresar, digo “seca”, adjetivo. Pero reconozco que es admirable ese compromiso con la no-adjetivación, porque es cierto que cuando se consigue una expresividad independiente de la adjetivación, un inigualable halo de honestidad cubre al texto. Creo que el propio Stephen King lo decía de los adverbios: “El infierno está empedrado de adverbios”. Pero la verdad que Kristof lo explica mucho mejor en este texto que vale como una declaración de principios estéticos y éticos:

“Para decidir si algo está “bien” o “mal” tenemos una regla muy sencilla: la redacción debe ser verdadera. Debemos escribir lo que es, lo que vemos, lo que oímos, lo que hacemos.

Por ejemplo, está prohibido escribir: “la abuela se parece a una bruja”. Pero sí está permitido escribir : “la gente llama a la abuela ‘la bruja’ “.

Está prohibido escribir: “el pueblo es bonito”, porque el pueblo puede ser bonito para nosotros y feo para otras personas.

Del mismo modo, si escribimos: “el ordenanza es bueno”, no es verdad, porque el ordenanza puede ser capaz de cometer maldades que nosotros ignoramos. Escribimos, sencillamente: “el ordenanza nos ha dado unas mantas”.

Escribiremos: “comemos muchas nueces”, y no: “nos gustan las nueces”, porque la palabra “gustar” no es una palabra segura, carece de precisión y objetividad. “Nos gustan las nueces” y “nos gusta nuestra madre” no puede querer decir lo mismo. La primera fórmula designa un gusto agradable en la boca, y la segunda, un sentimiento.

Las palabras que definen los sentimientos son muy vagas; es mejor evitar usarlas y atenerse a la descripción de los objetos, de los seres humanos y de uno mismo, es decir, a la descripción fiel de los hechos.

Este fragmento pertenece a uno de los primeros capítulos de “El gran cuaderno”, la primera parte de la trilogía “Claus y Lucas“. Y si bien antes dije que esta poética anti-adjetiva suele dar un halo de honestidad o autenticidad a lo escrito, por otro lado creo que cumplir con estos mandatos para “ser fiel a los hechos” es lo menos espontáneo, lo más antinatural que se le puede pedir al lenguaje humano. Lo más artificial, lo más inhumano de la propuesta de Kristof, es que estas palabras las ponga en boca de dos niños, de los dos gemelos Claus y Lucas, ¿abandonados? ¿desesperados? por su madre en casa de una abuela-bruja en medio de una guerra…

Sí, es evidente que se trata de los principios estéticos/éticos de la propia Kristof y no de los niños, pero no puedo dejar de pensar en eso que cualquiera que siga de cerca el proceso de adquisición del lenguaje de un niño, sabe: los adjetivos son  fundamentales, un salto inconmensurable en la expresividad. Fantástico, maravilloso, asqueroso, bueno, malo. Los adjetivos, con toda su cursilería, con todos sus saltos lógicos (la sustancialización ilegítima de las cualidades puntuales, que señala Kristof) para un niño son como palabras mágicas, prodigios de la síntesis,  y como tales brillan en sus vocecitas ignorantes y atrevidas.



escrito el 27 de Octubre de 2009 por en General


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