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Santiago Gerchunoff Silberberg

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Cuentos chinos: Sun-Tzu, Chuang Tzu y la legitimación de la pereza

Leo en el blog de una joven y exitosa escritora argentina que según Sun-Tzu en “El arte de la guerra”, la mayor excelencia guerrera es vencer al enemigo sin tener que luchar. Qué agudo y qué valiente este chino, pienso. Porque todo el resto del libro se dedica precisamente a dar consejos sobre cómo luchar. the-art-of-warHay que ser valiente para poner como ideal de aquello que se está enseñando justamente su negación, el-no-tener-que-poner-en-práctica eso que se está enseñando. De la guerra no sé nada, pero aplicándolo a otros campos, creo que Sun-Tzu tiene razón: ¿no es acaso el ideal de todo enamorado que el ser amado caiga a sus pies sin haber tenido que luchar para seducirlo? ¿y no es el ideal de todo verdadero amante del dinero el no tener que trabajar para conseguirlo?

En cualquier caso, todo esto que surge de las antiguas y honorables palabras de Sun-Tzu, me recuerda irremediablemente a una de mis historias preferidas, la historia de Chuang Tzu. La historia de Chuang-Tzu la conozco porque Italo Calvino la cuenta al final de “Rapidez”, la segunda de sus  imprescindibles “Seis propuestas para el próximo milenio”(Nota).  Así la cuenta Calvino:

“Entre sus muchas virtudes, Chuang Tzu tenía la de ser diestro en el dibujo. El rey le pidió que dibujara un cangrejo. Chuang Tzu respondió que necesitaba cinco años y una casa con doce servidores. Pasaron cinco años y el dibujo aún no estaba empezado. “Necesito otros cinco años”, dijo Chuang Tzu. El rey se los concedió. Transcurridos los diez años, Chuang Tzu tomó el pincel y en un instante, con un sólo gesto, dibujó un cangrejo, el cangrejo más perfecto que jamás se hubiera visto”

(Italo Calvino, Seis Propuestas para el próximo milenio, ed. Siruela, 1998, p. 65)

“…en un instante, con un sólo gesto…”, ¡qué delicia! para cualquier aspirante a joven y exitoso artista: prescindiendo de toda la laboriosidad, pasando de todo esfuerzo, de toda corrección, del sacrificio de los borradores, los esquemas, la fatiga y la obsesión…

Desde que leí por primera vez esta historia, siendo adolescente, Chuang Tzu se convirtió en  uno de mis ídolos. Para mi, su historia siempre expresó una fantasía tan adolescente como esencial : la de que me podría hacer escritor sin ningún esfuerzo, que podría pasar meses dedicado a cualquier otra cosa, (fantaseando con escribir, eso sí, mientras tanto, pero sin hacerlo) y que un día me sentaría un rato y escribiría de corrido (en un instante, con un sólo gesto) cuatro o cinco páginas en las que cabría casi sin necesidad de ser corregido, un cuento brillante.

La historia de Chuang Tzu  es como un emblema, como una especie de eterna legitimación de mi pereza. Como si el creer en ese cuento me hiciera seguir confiando en que ser vago y contemplativo la mayoría del tiempo también son parte de mi producción. Como si contra la ideología vulgar de la disciplina y el esfuerzo, la autoridad de Calvino y la milenaria sabiduría china demostraran que estar de fiesta o vagar o estar tirado, fumar, escuchar música, leer, masturbarse, también son parte esencial del (siempre) futuro acto de escritura…

Una línea antes de contar la historia de Chuang Tzu, Calvino dice:

“Empecé esta conferencia contando un cuento; permítanme que la termine con otro. ES UN CUENTO CHINO.”


(Nota) “Seis propuestas para el próximo milenio” es un libro en el que Calvino propone varias razones por las cuales la literatura no desaparecerá en el próximo milenio (el nuestro ya). Seis características, rasgos o virtudes  que valdrían como ventajas adaptativas de la literatura. Las conferencias fueron escritas en 1985 y Calvino no llegó a pronunciarlas, porque murió unos días antes de salir de viaje hacia Estados Unidos, precisamente para pronunciarlas en la Universidad de Harvard. Sólo se conservan 5 conferencias, la sexta Calvino pensaba terminarla mientras exponía en público las otras. Se llaman Levedad, Rapidez, Exactitud, Visibilidad y Multiplicidad.
Una característica de estas conferencias es que si bien tienen un “argumento” que Calvino va exponiendo a medida que avanza, están hechas a base de  ejemplos sacados de la historia de la literatura con los que Calvino va no sólo ilustrando, sino sin más desarrollando sus argumentos. Poesías medievales, sagas mitológicas, cuentos del folklore italiano, el decamerón, la poesía de Leopardi, los cuentos de Borges, la gran novela de Proust, y una treintena de referencias más.
Pero además del ingenio con el que Calvino va tejiendo los cruces de sus lecturas, está el dulzor de lo autobiográfico que da el que al comentar un párrafo o un fragmento clásico vaya contando también lo que significó en su vida, el momento en el que lo leyó por primera vez y el tipo de influencia que pudo tener en su obra. Un libro hermoso al que se vuelve miles de veces, que sólo tiene 144 páginas y  que es una especie de testamento teórico de uno de los más grandes fabuladores que hayan existido.



escrito el 20 de julio de 2009 por en General


1 Comentario en Cuentos chinos: Sun-Tzu, Chuang Tzu y la legitimación de la pereza

  1. chumo | 04-10-2012 a las 11:07 | Denunciar Comentario
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    El autor de este comentario, si se puede llamar así, comienza ya confundiendo dos cosas claramente distintas: el no-hacer, o “no tener que” (como dice él) por sabiduría (caso de las enseñanzas orentales) y el “no hace” o “no tener que hacer” por comodidad. A partir de ahí, ya se dibuja como un pensador muy pobre y un estudiantillo desaventajado que ha de apreneder, no solo a leer fijándose más en lo leído, sino en comprender aquello que lee. Un saludo.

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  1. 1

    [...] necesidad alguna de trabajar ¿lo haría acaso para dar sentido a mi vida? ¿cuántas personas son verdaderamente capaces de dedicarse a nada? ¿son virtuosas o están enfermas? ¿por qué deseo con tanta fuerza que se acaben estas malditas [...]

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